miércoles, noviembre 14, 2012

Ronrroneo (verbo y sustantivo)

Soy un gato. No es que sea huraño, pero prefiero no ser visto. Me gusta ocultarme en las sombras y que me delate el resplandor de mis ojos.

Me gusta salir en la oscuridad, cuando el lugar de verdad me pertenece y mi dueña no puede divisarme.

Me gusta más mi dueña cuando, aún en la oscuridad, cierra los ojos y entonces es aún más incapaz de enterarse de nada.

Entonces me gusta subir a esa superficie mullida, su cama, y meterme dentro de sus sábanas. Soy un gato y me gustan los lugares suaves y calientes... y oscuros.

Y justo por eso me meto dentro de las sábanas y desciendo hacia un lugar donde puedo acomodarme entre las piernas, donde, aunque mi movilidad pueda ser poca, la temperatura y suavidad son incomparables.

Pero, ¿ya dije que me gustan los lugares suaves, calientes y oscuros? Es que acomodarme entre las piernas es un mero pretexto. Y, ¡vamos!, soy un gato. No me conformo con poco. ¿Qué tal tener dos lugares suaves, calientes y oscuros al mismo tiempo?

Entonces mi rostro se acerca a esa zona justo donde las piernas terminan... o empiezan, desde el polo que quieran verlo. Es un lugar sagrado pues lo expone poco y, cuando lo hace, pocas veces es sola, es decir, sin compañía de él, quien osa acostarse en esa que es casi MI cama y, peor aún, se adueña de mis dos lugares suaves, calientes y oscuros al mismo tiempo.

Y es que, no lo puedo culpar. Es decir, sé lo rico que estar bajo las sábanas de la cama de mi dueña y, aunque no he podido estar en ese otro lugar que tanto codicio y él domina, me he podido recostar sobre/entre él muchas veces. Es un lugar donde no hay preocupaciones. Sólo hace falta estar cerca de él para saberse seguro. Y el mundo deja de existir. ¡Incluso para un gato, que puede ver en la oscuridad!

Es por eso que me acuesto ahí, todas las noches. No hay mejor lugar que estar que entre las piernas de mi dueña. Lo mejor del caso, es que sé que le gusta que estemos ahí. La mirada que tiene cuando él me roba mis lugares no puede describirse de ninguna manera así como tampoco se puede describir lo bien que ella duerme cuando yo estoy ahí.

Y, digo, no estoy siendo poético sino que, de verdad no lo puedo saber. No es algo que ella me comunique. Pero el cómo acaricia mi cabeza cuando me ha sentido entre ella, me hace recordar la manera en que lo acaricia a él cuando me usurpa.

Soy un gato. Y sé que mi dueña me quiere más que a él no porque tenga yo la prerrogativa de pasar todas las noches entre sus piernas y él no, sino porque jamás he escuchado una respiración tan tranquila como cuando estoy en su entrepierna, me acaricia la cabeza y yo ronrroneo.

1 comentario:

claudinne dijo...

Pancho ronronea cuando (porque) se hace de noche.