martes, abril 01, 2014

Lugar Seguro

Ellos dos estaban tan sicronizados que cuando ella tenía SPM, las hormonas de él también se hacían un desmadre.

Por fortuna aún no vivían juntos y los días más álgidos sus horarios no coincidían por lo que era complicado verse. Entonces, ella se desahogaba con él, platicándole en pequeños mensajes de celular cada cosa que ocurría y la estaba molestandoincomodando y necesitaba ser abrazada y consentida constantemente y, sobretodo, vivir con él. Él siempre contestaba que sólo había que esperar unas semanas a que finalmente les entregaran el departamento que, coincidentemente, habían comprado el pasado 14 de febrero.

Cuando él padecía su TMS o SIM (por aquel nombre dado por el Dr.Gerard Lincoln), mentaba una madre séntida y sonora ante cada cosa que se peleaba con su analidad acentuada como la asimetría en la caída de las sábanas a los costados de su cama; gemía, gritaba, le hacía evidente a sus cohabitantes que estaba encabronado y suena el celular: un SMS de ella en donde despotrica; él se sienta en el bulto de sábanas y escribe: "Sólo son unas semanas más. Desahógate conmigo":

Mejor que ocurriera ese día que aquel día y no su primer mes juntos, que una tranquila tardenoche frente a la TV viendo pelis, los SPM, TMS y SIM entraran en vigor.

Cuando la película acaba, él no puede dejar de abrazarla y no consigue acallar sus suspiros. Esto la desconcierta; él manifiesta, como nunca lo había hecho, su misma urgencia de mudarse con ella. Pero ella no contesta como él porque el discurso es de él quien hoy no puede ocuparlo.

Los brazos de ella son cálidos y amorosos y sus mejillas tan tersas que dan ganas de no dejarlas de acariciar, como si el mundo se solucionara al tocarlas; como su fuesen la lámpara de la que saldrá un genio para arreglar las cosas (básicamente, sus hormonas, sus humores y sus prisas).

Entre sus brazos, tocando sus mejillas, oliendo su cabello, no hay lugar para esa entereza que el celular le permite aparentar. Es inevitable doblarse ante el amor que esa belleza proyecta pese a su propio reajuste mensual. Él es un niño ante esa mujer; no puede evitar rendirse.

Ojalá la película durara 672 horas durante las cuales ninguno de los dos tuviera que trabajar. Así podría estar arropado en esos brazos, acariciando esas mejillas mientras los regordetes dedos de ella se pasan tímidamente en el cabello de él.

El timing no pudo haber sido peor: ninguno podía reconfortar al otro pues en ese justo momento, no habría nada que pudieran decirse que fuese verdadero, mucho menos real.

Pero ella ofreció su piel para cobijarlo y él se asió de ella lo más que pudo.

Mañana podrán verse otro par de horas. Otro par de malditamente cortas horas. Pero serían perfectas. Perfectas porque las otras 22 que no estarían juntos, las dedicarían a que el resto de sus vidas ocurriesen con el mínimo de complicaciones (estrictamente necesarias para que la vida sea vivida).

Ella completa era su lugar seguro, en donde él recobraría fuerzas para enfrentarse a las siguientes 22 horas. 22 horas cada vez hasta que la proporción se invirtiera.

Y como frente a ella no tenía entonces la fuerza para decirle todo esto, llegó a casa y se lo escribió.