Apaga la luz justo después de que me haya ido. La oscuridad no hará que olvides mi ausencia, pero engañará a tus ojos y dejará que tus sentidos jueguen con tus sensaciones. No hay mejor afrodisíaco que la imaginación.
Y si bien sé perfectamente que las imágenes se agotan, invoca que mi presencia se vuelva a hacer mañana para que, en el peor de los casos, ocurra dentro de pocos días.
No me engaño: presencia que se hace poco, desgasta lo que había mucho. Pero yo tampoco vendo piñas. El camino a casa que emprendo cada vez que te doy ese último beso físico es torturante pues me llevo la embelesante sensación en los labios rogando por que no se extinga, por que me deje fijar en todas mis células la memoria de lo que se siente, de que cada beso es distinto pero puedo reconocer quien los da, quien los recibe.
Entonces llego a casa y me muevo en poca luz, para no darme cuenta por los ojos de que ya no estoy en tu espacio. Embelesado con tus besos, mi nariz tardará en darse cuenta de que mis sábanas huelen poco a ti pues mis labios prendados de tus labios resaltarán esas células que tu cuerpo desprendió en mi colchón donde aún viven.
Piensa que lo mismo que padeces tú cuando me voy lo padezco yo cuando me despido. Seré el primero que impida que tus células mueran, que mis labios dejen de sentir ese beso.
Por la mañana hay que trabajar y la noche me dará sólo un par de horas para impregnarme de tu aroma, para que los pocos centímetros libres de mi piel se friccionen con los tuyos antes de que, de nuevo, seamos sólo piel y manaciones físicas.
Entonces, apaga la luz después de que me haya ido. Yo no la prenderé cuando llegue. En la oscuridad, tus manos contra tu cuerpo descubrirán mi tacto. En la oscuridad elaboraré escenas de la película "Cuando Te Tenga Desnuda Entre Mis Brazos" que, hasta que sean representadas, se proyectan en la pantalla de mi mente. Y para que eso funcione, tengo que apagar la luz.
Y así apago la luz para seguirte viendo cuando ya no te veo.
No me engaño: presencia que se hace poco, desgasta lo que había mucho. Pero yo tampoco vendo piñas. El camino a casa que emprendo cada vez que te doy ese último beso físico es torturante pues me llevo la embelesante sensación en los labios rogando por que no se extinga, por que me deje fijar en todas mis células la memoria de lo que se siente, de que cada beso es distinto pero puedo reconocer quien los da, quien los recibe.
Entonces llego a casa y me muevo en poca luz, para no darme cuenta por los ojos de que ya no estoy en tu espacio. Embelesado con tus besos, mi nariz tardará en darse cuenta de que mis sábanas huelen poco a ti pues mis labios prendados de tus labios resaltarán esas células que tu cuerpo desprendió en mi colchón donde aún viven.
Piensa que lo mismo que padeces tú cuando me voy lo padezco yo cuando me despido. Seré el primero que impida que tus células mueran, que mis labios dejen de sentir ese beso.
Por la mañana hay que trabajar y la noche me dará sólo un par de horas para impregnarme de tu aroma, para que los pocos centímetros libres de mi piel se friccionen con los tuyos antes de que, de nuevo, seamos sólo piel y manaciones físicas.
Entonces, apaga la luz después de que me haya ido. Yo no la prenderé cuando llegue. En la oscuridad, tus manos contra tu cuerpo descubrirán mi tacto. En la oscuridad elaboraré escenas de la película "Cuando Te Tenga Desnuda Entre Mis Brazos" que, hasta que sean representadas, se proyectan en la pantalla de mi mente. Y para que eso funcione, tengo que apagar la luz.
Y así apago la luz para seguirte viendo cuando ya no te veo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario