¿Cómo le haces entender a ese ser mágico, inocente y, debido a no ser un humano, carente de los matices de las emociones humanas, que él sencillamente no se iba a quedar con ella?
Peor aún, ¿cómo le dices a un hada que el humano no se quedará con ella porque, básicamente, ella es un hada y él un humano?
Al mismo tiempo, habrá que saber cómo hacerle para que no crea que ha sido inútil el sacrificio que ella hace al abandonar su bosque, única cosa que conoce en pos de estar con el humano. Habrá que ingeniarse un modo de decirle la verdad sin hacerle creer que es una idiota por haber hecho lo que hizo.
Y es que, ¿en qué universo posible un hada estaría dispuesta a renunciar a su mundo? Y no sólo ello sino, ¿cómo entiendes que está dispuesta en convertirse en lo que no es? No sólo en lo que no es: ¡en lo que -simple y sencillamente- no puede ser?
El hada, que dominaba su bosque como se domina aquel lugar que es el único en el que has estado en tu vida, en el que revoloteaba entre los árboles y su tamaño y peso le permitía ser mecida por las hebras largas de la hierba, se obligó a cambiar su tamaño a uno que no sólo no era natural para ella sino que, además, ya no le dejaba moverse con la misma facilidad entre las ramas y que aplastaba la hierba. Tomó el tamaño del humano que la había fascinado, uno que hería a los insectos que otrora eran compañeros de juego. Era del tamaño del humano y podía verlo a los ojos y tomar su mano y sentir esa piel velluda que lo emparentaba con los animales que ella había vigilado en noches tormentosas.
Pero estaba aquello a terminar en un rotundo fracaso pues no había manera de que ella pudiese entender del todo al humano, con su gran rango de -erráticas- emociones. Y no es que el hada sólo tuviera una o dos; pero es que carece de la gama infinita del hombre. ¡Y que bueno! Que por eso son seres mágicos. ¿Qué pensabas? ¿Que porque poseen alas y son del tamaño de un palmo? Que pensamiento tan elemental.
El hada estudió a su hombre. Pensó que siendo aún más como él se acercaría a un entendimiento más holístico del ser que le fascinaba de tal manera que quería ser uno. Así pues, cubrió su cuerpo con ropas. Cubrió su cuerpo modificado con mantos hechos a partir de fibras que en su bosque había cubierto de rocío. Su cuerpo modificado con senos y unos sensibles pezones que, por más que lo intentara, nunca comprendería su función -y no la biológica, que es hada no pendeja.
Una sonrisa vertical salivaba sin motivo aparente y, al no poder evitarlo, tuvo que ocultar, junto con ella, la única parte 100% carente de vello en el cuerpo de los animales con los que no conviviría más. Calzones le llamaban a aquella prenda muy en particular. La palabra siempre le sonará a corazones. Y sólo por eso tenía sentido llevarlos puestos.
Cuando finalmente hubo tenido el cuerpo que veía atraía evidentemente a su humano, fue momento de hacerse de sus costumbres, costumbres que le parecían barbáricas pues se basaban, principalmente, en el hedonismo -aunque ella no conociera la palabra- que, invariablemente, terminaban por destruir el cuerpo, ese cuerpo nuevo que aún no acababa de entender y que ya tenía que empezar a destruir.
Mudóse, como era natural, a la ciudad y como es inevitable el caer en los clichés al pretender describir lo que el hada -que, pese a ser una ella, no puedo llamarla 'la hada'- experimentó al estar en este lugar, sólo haré énfasis en que los parques y jardines eran sus lugares favoritos, naturalmente -¿cacharon el juego de palabras?
Cada día que pasaba, el hada era más mujer y, como todo aquél que encuentra fascinación en algo que, simplemente, no puede ser, el hada se fue perdiendo poco a poco en un profundo círculo de humanidad. Mientras más comprendía a los humanos, menos quería volver a ser hada: el libre albedrío, el desafío al ser, la eterna paranoia de que, si no lo son, pueden ser dioses.
Cuando ella cobra consciencia de esto, habrá llegado al punto de no retorno: Ella no tiene que pretender ser un dios. Ella era un ser mágico que hizo reaparecer en su espalda apéndices que si bien ya no podían elevarla en el fino viento, recordaban su naturaleza y concluían la deseada naturaleza del hombre.
Así es como este mágico ser modificó su cuerpo, su hogar y sus costumbres hipnotizada con el mundo de los hombres, seres que anhelan ser dioses. ¿Porqué nunca regresó a su forma original? ¿A jugar con insectos, mecerse en las largas hebras de la hierba, despojarse de esas innaturales ropas? Porque estaba ya muy sumergida en el mundo del humano, en la cabeza del humano. Estaba TAN sumergida que se dio cuenta: yo sí puedo ser un dios.
Extendió sus alas, se dejó solamente la ropa necesaria para cubrir sus partes distintivamente humanas, se prendió un cigarro -que siempre le daba una sensación de poder- y se paró frente a la puerta de entrada del departamento de su humano. Cuando llegara le enseñaría ese pedacito de cielo que se trajo desde su bosque y que ocultaba dentro de su bosque. Entre sus piernas. Su humano, su hombre, ese mismo día, flecharía su corazón.
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